HISTORIAS.. POR UN CONCEPCIONERO...
Recopilacion de mil historias, graficos, biografías y vivencias de Concepcion del Paraguay, de ayer, hoy, de aca y allá...
domingo, 14 de junio de 2026
Paz del Chaco: Concepción durante la guerra con Bolivia
La actividad se realizó en el teatro municipal Profesor Pedro Alvarenga Caballero, donde el miembro de la ciudad de Concepción de la Academia Paraguaya de la Historia, Rodrigo Cardozo Samaniego, recordó la importancia de Concepción durante la contienda chaqueña.
“La fundación de la Villa Real de la Concepción, en 1773, respondió a la visión estratégica del gobernador Agustín Fernando de Pinedo, quien concibió éste lugar como una avanzada permanente de la soberanía paraguaya en el norte”, sostuvo el historiador.
Destacó que Concepción fue un centro logístico y humano fundamental. “Desde su puerto partían hombres, alimentos, medicamentos y materiales hacia el frente. Carreteros, trabajadores y familias sostuvieron el esfuerzo nacional”, recordó Cardozo Samaniego.
Agregó que las mujeres paraguayas sostuvieron la nación. “Entre ellas, nuestra compueblana Julia Miranda Cueto ocupa un lugar de honor en la historia nacional. Su nombre permanece ligado al patriotismo femenino durante la contienda. Con justicia, su memoria integra el Panteón Nacional de los Héroes, siendo la única mujer paraguaya en ese recinto. Su ejemplo representa a miles de mujeres anónimas que sostuvieron la patria desde la retaguardia”, expresó.
Recordó que los sacerdotes salesianos brindaron apoyo espiritual. El patio del colegio salesiano se convirtió en base de reclutamiento y sus aulas en hospital de sangre. “Las Hijas de María Auxiliadora realizaron una labor ejemplar, confeccionaron atuendos, gasas y otros artículos para la sanidad”, detalló.
Explicó que entre los recuerdos más emotivos figura la Banda Salesiana. Aquellos jóvenes llevaron al frente algo que no podía transportarse en armas ni víveres: esperanza.
Fuente: ABC Color
jueves, 21 de mayo de 2026
"Julito" Otaño: el heroe concepcionero del chaco
Sus amigos lo llamaban afectuosamente Julito y decían que era un intrépido, un fanático de los asaltos a las trincheras enemigas y del combate cuerpo a cuerpo.
Peleó en Boquerón, Yujra, Alihuatá, Km 7, Saavedra, Herrera, Falcón, Pozo Favorito, Strongest, El Carmen, Oruro, Ybybobo, El Mirador, Agua Blanca y Capiírendá. Recibió todas la medallas otorgadas en la Guerra, la Medalla de Boquerón, la Cruz del Chaco y la Cruz del Defensor.
Asombrosamente y desafiando cualquier serie de acción, se convirtió en uno de los Oficiales Paraguayos en ser herido más veces, sin abandonar el campo de batalla hasta el final de la Guerra del Chaco.
Durante el primer día de la Batalla de BOQUERÓN el Tte. Otaño, Oficial integrante del R.I. 3 “Corrales” resultó herido seriamente en el omóplato derecho, y una vez que recibió las curaciones en el puesto sanitario, volvió de inmediato a la línea de fuego, rechazando rotundamente la evacuación a la retaguardia que le ofreciera el Médico. El Teniente a pesar de esta herida, lucharía en la primera línea de combate durante los 20 días de la Batalla de Boquerón.
En el camino de YUCRA, rodeados de enemigos y apoyando a un reducido grupo de soldados, a lo que la sed amenaza con derrumbar, Otaño se yergue para animar a sus hombres, los incita y se coloca al frente de ellos donde es herido de bala, de su cuerpo comienza a manar sangre, pero Otaño sigue al frente sus soldados. No cesan sus voces de ánimo, no se doblega al dolor ni al desfallecimiento. La imágen de un Jefe empapado en sangre agiganta a sus hombres, rato después el enemigo se retira derrotado.
En POZO FAVORITO, también es herido en una circunstacia igualmente grave, donde Otaño conduce hacia adelante a sus tropas personalmente, uno a uno durante 200 metros.
Durante la Batalla de SAAVEDRA en Noviembre de 1.932, el Tte. Julio D. Otaño recibió en dos días quince heridas, sobreviviendo nuevamente a todas ellas.
En CAPIÍRENDÁ, recibió 22 heridas, donde fue evacuado a retaguardia regresando de nuevo al frente.
Hay un pasaje que es relatado por el Tte. de Intendencia Horacio Ramón Jimenez en su libro “Reminiscencias”, donde nuevamente resalta las agallas de este osado Oficial, ya ascendido a Capitán y siendo Comandante del R.I. 1 ”2 de Mayo” luego de la Batalla de El Carmen.
Resulta que en las proximidades del Fortín Oruro el enemigo había construido una línea defensiva sobre la recta a orillas de un bosque con cuatro ametralladoras pesadas, dejando como campo de tiro un descampado completamente limpio.
El Cap. Otaño dispuso emplazar morteros para atacar esa posición. A tal efecto y valiente como el que más, acomodó dos morteros sobre un burro y montando el cuadrúpedo cruzó indemne la barrera de fuego para la admiración de nosotros, sus subalternos y a la vista también del Cap. Ricardo Benza Carreras con todo su R.I. 4 “Curupayty” que llegaban para hacer un relevo.
Cuando veíamos cruzar al Cap. Otaño en medio del nutrido fuego enemigo, el Tte. Andrés Santacruz, Jefe morterista del R.I. 1 me dijo: ___pero está loco este Julito…
Lo cierto es que después con esas piezas se pudieron acallar rápidamente las cuatro ametralladoras pesadas que a caballo batían la recta haciendo que el enemigo se replegara hacia Oruro.
Mucho tiempo fue tema de comentarios y admiración el hecho protagonizado por el Cap. Otaño. Imaginen al manso burrito con dos morteros Stokes- Brandt a cuestas, y montado en él, al Cmdte. del R.I. 1, cruzando serenamente frente al enemigo en medio de un infernal tableteo de cuatro ametralladoras en un descampado.
Incomparable la audacia del Cap. Otaño con su burrito…
Paradójicamente, falleció un 17 de Febrero de 1.936, a los 29 años de edad en la Plaza Uruguaya durante la revolución de Franco, donde recibió una bala perdida en la ingle no pudiendo ser evacuado, para morir desangrado.
En el Departamento de Itapúa hay un distrito con su nombre (Mayor Otaño) en su conmemoración.
Como fué la fundación de la Villa Real de la Concepción?
En medio del siglo XVIII, en el norte de la colonia española en América, en Paraguay, se vivían tiempos de incertidumbre y transformación.
La expulsión de la
Compañía de Jesús en 1767, ordenada por el rey Carlos III, dejó un vacío
profundo en las misiones y reducciones guaraníes, debilitando la estructura
religiosa y social que durante décadas había sostenido la frontera. A esta
situación se sumaba la creciente presión de los portugueses desde la Capitanía
de Mato Grosso, que avanzaban sobre territorios disputados, desafiando la
soberanía española en la región del Alto Paraguay.
Ante este escenario,
el Cabildo de Asunción autorizó en 1773 una expedición clave: bajo el mando del
gobernador Agustín Fernando de Pinedo, se organizaría la fundación de una nueva
villa que sirviera como bastión defensivo y núcleo de población estable.
La elección del sitio no fue casual. A orillas del majestuoso río Paraguay,
entre los ríos Ypané y Aquidabán, se hallaba un puerto natural protegido,
rodeado de tierras fértiles, abundante madera y acceso fluvial estratégico.
Allí se asentaría la futura Villa Real de Nuestra Señora de la Concepción de
Costa Arriba.
El objetivo era claro: establecer una presencia militar permanente que contuviera los avances lusitanos y organizara la defensa frente a los pueblos indígenas no reducidos. Los primeros pobladores fueron milicianos, criollos y españoles, muchos de ellos acompañados por sus familias, que recibieron tierras como recompensa por su servicio y compromiso con la corona.
La expedición partió de Asunción el 27 de abril de 1773. Tras semanas de travesía por caminos difíciles y selvas densas, llegaron al sitio elegido. El acto fundacional se realizó con solemnidad: se celebró una misa oficiada por frailes franciscanos, se bendijo el terreno y se izó el estandarte real de España, marcando oficialmente el nacimiento de la villa. Desde ese momento, los nuevos habitantes comenzaron a levantar chozas, organizar un mercado rudimentario y construir fortines para la defensa del asentamiento.
La Villa Real de Concepción nació con un marcado carácter militar. Su economía inicial se sostuvo en el intercambio de tabaco, yerba mate, ganado y productos agrícolas, aprovechando los recursos naturales de la región. La estructura social se consolidó rápidamente mediante el reparto de tierras a los milicianos y sus familias, creando una base de propietarios que daría forma al desarrollo político y económico de la zona en las décadas siguientes. Así comenzó la historia de Concepción: con fe, esfuerzo y visión estratégica, en el corazón del Paraguay colonial.
sábado, 7 de febrero de 2026
El fusilamiento del teniente Rogelio Godoy
Cuando el Tte. Godoy observó a los soldados a punto de dispararle vio que los ojos de la muerte le miraban desde todos los ángulos. Estaba acorralado. En realidad, desde el segundo fatal en que disparó los tres tiros mortales, con sus propios dedos accionando el gatillo de su Máuser, se había estado cavando su propia tumba.
Para el Teniente ROGELIO GODOY, de 25 años floridos, la punta del hilo de esta historia había comenzado a desmadejarse el 6 de junio de 1913 en Concepción. Ese día era el cumpleaños de uno de sus camaradas. La chispa que encendió la mecha de la tragedia fue un arresto que el Mayor ALFREDO MEDINA había ordenado para el Teniente Godoy luego de la fiesta por una inconducta.
Godoy, bajo los efectos del alcohol, se alzó contra la orden y se ubicó en la ventana de su cuarto empezando a disparar contra los que aparecían como blancos propicios. Mató al Mayor Medina primero, luego al teniente CIPRIANO FARIÑA ROJAS y finalmente a QUINTÍN MORÍNIGO -alférez según algunos; también teniente, o sub-teniente, según otros-. Estando borracho, no deja de ser llamativa la certera puntería del victimario.
El pueblo de Concepción se alarmó y llegó hasta el cuartel. El Teniente CARLOS J. FERNÁNDEZ intervino decididamente y Godoy depuso su rebeldía. Sin esperar, lo enviaron a Asunción donde un Consejo de Guerra presidido por el Teniente Coronel ADOLFO CHIRIFE, luego de 9 meses, lo condenó a la pena máxima, por fusilamiento.
Dos compuestos relatan estos hechos. El autor de uno de ellos - el más extenso y detallado-, es del poeta y músico JUAN MANUEL CABALLERO, más conocido como Caballero'i, natural de Mbajue, Limpio. El otro, aunque más breve, no omite los hechos esenciales. Su autor es anónimo.
El archivo de TEÓFILO JAVIER MEDINA, concepcionero, sobrino del asesinado Mayor ALFREDO MEDINA, permitió reconstruir con precisión los últimos momentos del militar que, sin pretender justificarse, atribuyó su desgracia a la bebida -nunca, sin embargo, antes había bebido-, y consideró que su destino lo llevó a ese trance irreversible.
Todos los intentos de obtener un indulto habían fracasado. El presidente EDUARDO SCHAERER se mantuvo firme. Godoy sabía que debía enfrentar un pelotón de fusilamiento. Los dos compuestos resaltan su coraje y su serenidad. Lo mismo hacía la crónica de Rojo y Azul –un periódico de la época-, cuyos redactores -entre ellos su director RUFINO A. VILLALBA, además de periodista y político, poeta-, acompañaron las últimas 24 horas del que estaba próximo a morir.
Godoy se confesó con el padre LUCIANO CESTAC, del Colegio San José; recibió a TEÓFILO MEDINA -hermano del Mayor ALFREDO MEDINA-, quien le comunicó el perdón de la familia y evitó, en dos oportunidades, que su madre se suicidara delante de él. El pueblo entró al cuartel donde está recluido y engrillado para despedirse de él.
Tras degradársele, a las cinco de la mañana del 18 de marzo de 1914, lo condujeron junto al río, detrás de lo que hoy sería la sede del Congreso Nacional. Cuando le iban a vendar los ojos, pidió mantener sin vendas la mirada. El público contuvo la respiración en ese dramático trance. El condenado quería mirarle de frente a la muerte hasta el último instante de su vida. Acto seguido, él mismo ordenó al pelotón que disparara contra su humanidad. No le hicieron caso. Y cuando el jefe de los fusileros dio la orden, repitió con él cada una de sus palabras, acatadas esta vez.
LUISA BAREIRO, su madre, ahogada en llanto, ante el cadáver de su hijo, maldijo a Chirife y le auguró una muerte de perro. Años después, tras su derrota en la guerra civil de 1922-23, en los montes del Alto Paraná, el augurio de aquella mujer destrozada se cumplía, asegura la tradición oral.
Mientras tanto, Teófilo y Lorenzo -hermanos del Mayor Medina-, también revolucionarios derrotados, en su exilio de Campanario (Brasil), se encontraron en el obraje con un hermano de ROGELIO GODOY, administrador del lugar.
La tensión se disipó cuando los tres dialogaron y se mostraron convencidos de que sus hermanos no volverían jamás a la vida con más sangre derramada. Y trabajaron juntos, en paz, lejos de la venganza.
Fuente: Teófilo Javier Medina






