jueves, 7 de mayo de 2020

Resaltan a músico concepcionero en página correntina

ISMAEL REINERIO ECHAGÜE INSFRÁN es escritor y compositor, nació en Concepción República del Paraguay el 17 de Junio de 1962. Hijo de Elvio José Venancio Echagüe Alvarenga y Elida Insfrán Rodas. Es el quinto de siete hermanos (todos varones)


Ismael Echague - Prensa Argentina.! ISMAEL ECHAGÜE,... | Facebook

A los 13 años (1975 ) estudió guitarra básica popular con Francisco Servin e ingresó como alumno de la Banda de música "Pai Pérez" del Instituto "San José" de los Padres Salesianos de su ciudad natal. 


Conoció al maestro Efrén "Cambai" Echeverria de quién, el mismo año, se hizo alumno y estudió con el mismo 44 años. Hoy, Ismael Reinerio Echagüe Insfrán, se ha convertido en uno de los discípulos renombrado del más grande guitarrista (solista) del Paraguay, Efrén "Cambaí" Echeverría.

Ismael sigue perfeccionándose.

Entre sus obras se destacan; Loreto, A Diego García, Alma y Sentimiento, Guitarra me traes nostalgia, Belén de los Maya, A quien calce alcanza, Para Don Guido Planas, Matrero querido, A un barrio de Concepción, Portare bien Nicolás, Curuzú de Hierro, El reencuentro. Las mencionadas composiciones pertenecen en letra y música.


Para leer la entrevista a Ismael Echagüe ingrese en el siguiente enlace: https://www.momarandu.com/amanoticias.php?a=3&b=0&c=171131 LA GUITARRA NORTEÑA DEL PARAGUAY CON MOMARANDU.COM

El músico paraguayo Ismael Reinerio Echagüe Insfrán nos acerca en esta cuarentena la bella guarania, Despertar!, cuya autoría pertenece a Maneco Galeano.




Publicado por momarandu Corrientes

lunes, 10 de febrero de 2020

Pasa el tiempo, pero el hundimiento del barco Myriam Adela no se olvida

Un día como hoy, pero hace 42 años, el barco Myriam Adela impuso con su hundimiento en el río Paraguay una de las marcas más tristes e indeseadas de nuestra historia naval, una cifra hasta ahora no superada de 113 muertos.

Las páginas 8 y 9 de ABC Color del domingo 12 de febrero de 1978. La crónica de los periodistas Ilde Silvero y Christian Torres, sobre la tragedia del barco Myriam Adela en Concepción.

En casi todo el mundo prácticamente no se hablaba de otra cosa que no fuera la Copa Mundial de Fútbol de 1978.

En Sudamérica, principalmente, la fiebre del mundial arrasaba ya que el trascendental torneo se disputaría en Argentina.

En Paraguay, como país vecino del organizador, solo se aguardaban los cuatro meses que faltaban para que empezara a rodar el balón y así olvidar al menos por un mes el yugo de la dictadura militar de Alfredo Stroessner que estaba en su punto más alto.

Sin embargo, aquella tragedia del 10 de febrero de 1978 haría olvidar a nuestro país no solo del Mundial, sino de la dictadura y de cualquier otra cosa.

El hundimiento del barco Myriam Adela fue una catástrofe nunca antes vista y que, afortunadamente, nunca más se repitió.

El buque de transporte zarpó del Puerto de Asunción un día antes, el 9 de febrero. Debía recorrer 510 kilómetros por el río Paraguay hasta el Puerto de Vallemí, en el departamento de Concepción.

Desde la capital, inició su travesía habitual con 26 pasajeros a bordo, más la tripulación.

Sin embargo, en cada puerto iba alzando más gente y, sobre todo, más carga, excesiva, de hecho.

Ya con unas 180 personas a bordo, la embarcación alcanzó el Puerto de Concepción y en la mañana del 10 de febrero de 1978 siguió su travesía aún más al norte.

Una repentina tormenta, que en realidad fue como un tornado, volteó la embarcación, que se hundió en cuestión de segundos, arrastrada hacia el fondo por el peso exagerado que llevaba.

El periodista e historiador Luis Verón confirmó que el recuento final arrojó una cifra de 113 muertos.

La tragedia ocurrió antes de alcanzar el Puerto Kemmerich (hoy denominado oficialmente Puerto Abente), que queda 80 kilómetros aguas arriba de Concepción, 50 kilómetros antes de Puerto Pinasco y 130 kilómetros antes del Puerto de Vallemí, donde el Myriam Adela debía atracar.

Kemmerich era el apellido de un inmigrante saladero, es decir, pionero en la técnica de salar y conservar las carnes para la exportación.

El periodista de ABC Color Ilde Silvero fue el primer reportero en llegar a la escena, al viajar en avión desde Asunción. Ayer dijo que hasta él tuvo que trabajar en el rescate de los cuerpos que flotaban en el agua.

Eligio González Aponte ahora tiene 82 años. Es uno de los héroes civiles que pudo salvar a 25 náufragos con una canoa en la que esperaba una encomienda que traía el Myriam Adela para la estancia en la que trabajaba. Ayer fue entrevistado por el corresponsal de ABC Color en Concepción.



ABC

domingo, 8 de diciembre de 2019

Las abuelas que revitalizan la lengua guaná para preservar la identidad de su pueblo

Son cuatro abuelas de la comunidad indígena Río Apa del pueblo Guaná, distrito de San Lázaro, Concepción. Estas mujeres y los miembros de la comunidad superaron las dificultades y articularon acciones para evitar que la lengua caiga en el olvido ante el peligro inminente de extinción.

Y solo cuatro abuelas hablan guaná

Esta comunidad está compuesta por 120 personas y se encuentra a siete kilómetros de la planta cementera de Vallemí. La historia de este pueblo se pierde en el tiempo. Sus originarios provienen de la zona del Chaco (Puerto Sastre) y hace 40 años están asentados en el Departamento de Concepción.

La lengua guaná es hablada solamente por estas cuatro abuelas: Lucía Martínez, Vicenta Sánchez, Azucena Portillo y Modesta Sosa. Sin ellas, muere una forma de ver el mundo desde la cultura y realidad de este pueblo indígena.

Hace cinco años nació la idea de enseñar a los niños, jóvenes, mujeres y varones para revitalizar esta tradición que se fue perdiendo con el paso del tiempo, el contacto con el idioma guaraní y la diáspora que obligó al pueblo a abandonar sus tierras en la Región Occidental.

La tarea no fue fácil, pero se encaminó con la acción de la Secretaría de Políticas Lingüísticas y el apoyo del cacique Miguel Cuellar. Se fortaleció la idea de preservar y fomentar la identidad de esta familia lingüística de los Maskoy. En Paraguay hay 19 etnias y cada una tiene su propio idioma. Hoy la cita con las abuelas forma parte de la rutina de esta comunidad.

Los sábados se hacen los encuentros con los niños y jóvenes (en horas de la mañana). Luego con las mujeres. Los domingos se repite con los varones. Una escuela abierta donde las vivencias y el encuentro ayudan a recuperar la memoria del pueblo.

Foto: Secretaría de Políticas Lingüisticas.

Dramatizar la vida cotidiana como estrategia

Ramón Barboza, de la Dirección General de Documentación y Promoción de la Lengua Guaraní (Secretaría de Políticas Lingüísticas), es uno de los colaboradores que acompaña el proceso de esta comunidad. Rescata que al inicio avanzaron principalmente con los niños y jóvenes que fueron aprendiendo algunas palabras sueltas como los nombres de animales, los cubiertos así como el saludo.

Para motivar más a la comunidad, sumaron algunos cantos infantiles que fueron estructurando al traducir algunas palabras del guaraní. Lo sorprendente es que la idea de dramatizar algunas escenas de la cotidianeidad de ellos tuvo una aceptación principalmente en los jóvenes y mujeres.

“Se trató de dramatizar la vida cotidiana de ellos en su idioma. Funcionó. Aprendieron más rápido cuando ensayaban porque todos vienen a mirar, repiten las palabras y así van memorizando la lengua entre todos los miembros de la comunidad. Les gusta a los niños, a los jóvenes. Y muchos se prestaron para la actuación. Sin miedo y temor", afirmó Barboza.

"Superaron la timidez para actuar”, agregó. Hoy en las conversaciones mezclan el guaraní con el guaná. El desafío ahora es formular oraciones para que puedan decir completamente en la lengua originaria.

Una actividad que ayudó a levantar la autoestima de la comunidad fue un conversatorio que se realizó en el 2017 en la Gobernación de Concepción. Allí analizaron el impacto y la importancia de conservar la lengua. Esto motivó a que sigan trabajando y abriendo camino.

Para el líder cacique hubo avances significativos y desafíos para seguir trabajando por conservar la lengua. Es consciente de las limitaciones que pueden surgir el entorno.

“Hicimos una reunión con las abuelas y siempre pensamos cómo recuperar nuestro idioma. Entendemos lo que dicen, pero no podemos hablar. Hay que recuperarla, ya nadie habla. Que va pasar cuando todas mueran”, significó.

Además de la lengua, las abuelas enseñan a los jóvenes algunos trabajos de artesanía para hacer pantallas, sombreros, canastos diferentes, el kyha de caraguata.

Foto: Secretaría de Políticas Lingüisticas.

Documentación

La idea de recuperar la lengua guaná se conjugó con el trabajo del lingüista estadounidense Shaw Nicholas Gynam, luego de que se haya logrado un acuerdo de trabajo con la Secretaría de Políticas Lingüísticas para iniciar un proceso de documentación de la lengua.

El trabajo consiste en el diseño de recomendaciones para la grabación, caracterización del alfabeto guaná y más adelante de un diccionario del idioma que será utilizado para la alfabetización del pueblo.

Ante algunas dificultades que se presentaron, más adelante contactaron con otro lingüista alemán que vive hace 30 años en el Chaco y está casado con una mujer nativa. Conoce a fondo la lengua, hasta conversa con las abuelas. Hizo un trabajo de investigación con algunas publicaciones. Están trabajando y dando forma.

Si todo avanza, para el 2020 podrán presentar el diccionario que estará en cuatro idiomas: el guaraní, el guaná, el castellano y el inglés.

Una acción que servirá para afianzar el trabajo es que el próximo año se implementará en la educación indígena, en cada escuela de cada una de las comunidades, el que puedan dedicar media hora para conversación entre docentes y alumnos. La pérdida de la lengua no solamente se da con el guaná, sino también en otras comunidades.

Foto: Secretaría de Políticas Lingüisticas.

La Diáspora

Los originarios del pueblo Guaná vivían en la zona del Chaco, específicamente en Puerto Sastre, departamento de Alto Paraguay. Las grandes empresas tanineras compraron todas las tierras para la instalación de fábricas cuando se vendieron todas las tierras públicas en la década de los 70.

Fueron obligados prácticamente a trabajar con los paraguayos en las tanineras, los quebrachales y en el arado con bueyes.

Comenzaron a aprender a utilizar el guaraní debido al contacto con los trabajadores. De a poco fueron perdiendo su lengua. En 1962, Puerto Sastre se vende con unas 330.000 hectáreas a una empresa italiana y ellos son expulsados de sus tierras.

Comienza la diáspora del pueblo Guaná. Primero se ubicaron en un puerto, en un lugar llamado Cerrito. Un tiempo subsistieron con víveres gracias a la ayuda de los religiosos. Lograban trasladarse hasta una estancia de la familia Casado, y cruzaban a Vallemí en canoa para hacer changas (lavar ropas, barrer y los hombres limpiaban patios).

Pasaron algunos años así hasta que se empezaron a instalar en los alrededores de la cementera. Hacían ranchos de cartón y tambor para su techo. De a poco se fueron quedando en el lugar, ante el peligro de cruzar diariamente el río. Luego, se dispersaron.

Algunos fueron nuevamente al Chaco para trabajar con los menonitas y otros fueron a Asunción. Los integrantes de esta comunidad asentados cerca del río Apá actualmente se dedican a vender hierbas medicinales y escobas de karanday.

Cuentan con una huerta de proyecto Proders y producen tomate y locote en Vallemí. Algunas mujeres trabajan de empleadas domésticas; mientras que los varones, algunos tienen trabajo en el INC en forma temporal. Luego van a las estancias para hacer limpiezas y cuidar el alambrado.

Publicado en UH - Por Roberto Santander

domingo, 3 de noviembre de 2019

"Cachirulo" el personaje querido que recorría la ciudad

El conocido personaje, “Cachirulo” que formó parte de la cotidianeidad concepcionera por tantos años, dejó de existir este 21 de Octubre en la ciudad de San Antonio, Central, después de permanecer mucho tiempo con problemas de salud.

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El verdadero nombre de “Cachirulo” es Toribio Vega.

Según fuentes de la comuna, nació el 16 de abril de 1949, en Puerto Casado, Chaco, fue criado en Vallemí, luego viniendo a Concepción quedándose casi definitivamente en la ciudad.

Pobladores antiguos comentan que desde hace más de 40 años que se lo veía recorriendo solo por la ciudad, vistiendo como un mendigo bonachón y pasando por todas las penurias propias de la pobreza. 

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Poco a poco se fue ganando el cariño de los ciudadanos, que lo ayudaban con ropas, comida, baño; dormía en las casillas. A pesar de todos los regalos que recibia, él vestía siempre con sus mismas vestimentas similares a los que usan los militares.

Siempre pedia a los transeuntes conocidos el famoso "mil'i" y ultimamente 2 mil´i para comprar sus golosinas favoritas, que le encantaban.

El personaje es un ícono concepcionero y lo consideran una leyenda pueblerina, conocida por todos. La gente del pueblo lo describe como “ingenuo y bonachón”.

Él era un fanático olimpista y anti Lino Oviedo. Adoptó el mercado como su hogar, aunque le quisieron construir una casita, pero optó por el cariño de los lugareños.

Se lo veia generalmente alrededor del mercado municipal de Concepción, era a un hombre delgado, alto, con quepis, remera y pantalones bien sueltos, con cinto doble, caramayolas y una pistola de juguete, no te asustes: “Cachirulo” era el personaje más inofensivo y querido de Concepción.

Con sus manos imitaba a un fornido militar en su mundo de fantasías, pero tan real y cruel para él. Su arma, aunque de juguete, era su principal orgullo, porque no pasaba ni un minuto sin tocarla.

De esta forma queda en el recuerdo cariñosos de quienes lo conocieron y convivieron con el el día a día citadino.

Extraido de Extra

viernes, 12 de octubre de 2018

LANCHA AQUIDABAN: El mercado flotante

Desde hace décadas, el barco Aquidabán zarpa todas las semanas con pasajeros y provistas hacia el extremo noreste del país, donde a veces ni los caminos llegan. Para Bahía Negra, corazón del Pantanal paraguayo, es su principal fuente de abastecimiento.

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Los guardapolvos y las sonrisas pícaras los delatan: acaban de escapar de la escuela. No son los niños los únicos que interrumpen la rutina; también los adultos salen del trabajo. Y no es para menos: los viernes en Bahía Negra hay una especie de “licencia” para reunirse en el puerto de tierra de la ciudad. Llegó el Aquidabán.

El pueblo adquiere un movimiento que no se ve otros días. Lanchas, camionetas, camioncitos y motos se arriman. Del barco descienden los pasajeros y suben los clientes. Bajan garrafas de gas, cajas de tomates y racimos de bananas. También suben los perros.



El Aquidabán surca las aguas del río Paraguay desde hace al menos la mitad del siglo pasado. La parte inferior, con el paso de los años, fue ocupada por vendedores que convirtieron la embarcación en el principal proveedor de mercaderías para la ciudad, para comunidades indígenas y poblados ribereños. Es un Mercado de Abasto flotante.

También es un transportarse a otra dimensión, no solo fluvial. Apenas queda espacio para recorrer el interior del barco. Cuidado con la cabeza al pasar, que los panificados cuelgan del techo. Prendas de vestir, snacks, jugos, peluches, mantas, calzados, “¿qué le ofrecemos, señor? Pregunte nomás”, dice una vendedora sentada entre embutidos y locotes.

Con mucho esfuerzo, tres jóvenes suben al barco un tambor con combustible a través de la delgada rampa mientras los depósitos de la cubierta se siguen vaciando de productos. Una joven se abre paso con una enorme bolsa amarilla, transparente, atestada de cosméticos. Tal vez uno de los cargamentos más esperados en la ciudad.



Cada martes, el barco zarpa desde Concepción, igual que hace décadas. Su recorrido hasta el último destino, Bahía Negra, es de cuatro días, con la cubierta y cuatro bodegas atestadas de productos.

Muchos llegan no solo para conseguir provistas. Los pescadores esperan el barco para adquirir nuevos anzuelos y redes, imperativos para la vida en la ribera y en los pueblos indígenas. La economía local está muy integrada a la pesca. Sin el Aquidabán, esta actividad se resiente y con ella la gastronomía de la zona.

“Una fiesta patronal es. Es lo que le alimenta a la población. Es lo que les surte de lo necesario”. Así describe al Aquidabán Bernardino Suárez, secretario general de la Municipalidad de Bahía Negra.



Bahía Negra está a más de 800 kilómetros de Asunción, por tierra. Los caminos de salida y entrada a la ciudad son de tierra, hasta la única pista de aterrizaje lo es. “Estamos muy lejos. El Aquidabán es el único medio a través del cual se provee de productos a la ciudad”, dice. Especialmente en días de lluvia, cuando los caminos y la pista se clausuran, la única vía de transporte es el río.

Tras su llegada, los comercios rebozan de productos. El barco, más allá de ser un medio de transporte, reactiva cada viernes el comercio local en el pequeño poblado del Pantanal paraguayo. Las más anheladas, sin duda, son las frutas y verduras, pues el clima árido dificulta la producción local. Las bebidas son las más esperadas por los adultos.

“La planta baja es como un ‘supermercado’i’. Hay ropas, juguetes, verduras, frutas, leche. De todo hay”, describe el Ing. Ángel Desvars, uno de los dueños del barco. Es tan caótico como completo. La rampa desde el puerto de arena conduce a un mercado donde los vendedoras pujan por los clientes. “Los vendedores son dueños de su mercadería, nosotros hacemos el servicio de llevarle y traerle”, agrega. Son 14 en total los vendedores cuyo sustento navega por el río.



Que su edad no engañe. El Aquidabán puede cargar con tanta historia como mercadería. Transportar al menos 80 toneladas y centenar y medio de pasajeros al mismo tiempo no le hace problema, cuenta Desvars.

Más de 314 kilómetros separan a Vallemí, Concepción, de Bahía Negra, Alto Paraguay. Cientos de kilómetros de naturaleza, de Pantanal paraguayo, de travesía turística única. No hay forma de no ver a las garzas, blancas y grises y los mbiguá a medida que se avanza.

Si se agudiza la vista, hay más animales silvestres para ver en las aguas y en la costa. “Es muy bonito para ver la naturaleza. Es lo atractivo de viajar en el Aquidabán”, dice Desvars. En una zona donde el turismo es ignorado, este medio de transporte adquiere otra dimensión de importancia.

El Ing. Ángel Desvars hoy tiene 61 años y siempre sube al barco. Recuerda que de niño ya recorría el río Paraguay en la embarcación con sus padres. “Primero viajaba hasta Vallemí nomas. En estos tiempos llega hasta Bahía Negra”, cuenta. El Aquidabán fue idea de su papá, Julio Pablo Desvars, quien fundó el astillero de la familia alrededor de 1930, cuando fue construido.



Antes era de madera -recuerda don Ángel-, pero con el tiempo fue reemplazada por hierro, debido a la facilidad para conseguir el material.

Al igual que la economía en todo el país, el barco también resiente la crisis. El promedio de pasajeros varía entre 40 y 70, menos de la mitad de los que llevaba en sus años de esplendor, o al menos hasta hace una década, cuando la cantidad se mantenía por encima de 130 viajeros.

Un boleto de ida a Bahía desde Concepción cuesta G. 130.000, hasta Fuerte Olimpo, G. 120.000, y va variando de acuerdo a la distancia. Hay dos maneras de viajar: las hamacas, más económicas, que se pueden alquilar por todo el viaje por G. 30.000, y los camarotes -hay seis- que cuestan G. 100.000 cada uno. Estos precios no incluyen el pasaje ni la comida.

Al menos 30 paradas se hacen en todo el trayecto. El Aquidabán no deja pasar ninguna oportunidad. Donde haya gente que quiera subir o llegar, o comprar, ahí hace una escala. A las 11:00 del martes se pone en movimiento la nave río arriba. Entre la madrugada y la mañana del viernes tira anclas en la costa de Bahía Negra.



“No sabemos hasta cuándo, porque cada vez va disminuyendo y las cosas cada vez son más caras y es difícil minimizar los costos y nosotros no recibimos subsidio ni nada”, dice don Ángel, como no queriendo augurar que al barco tal vez le queden pocos años de viajes.

El heredero del barco reconoce la importancia del servicio que prestan para Bahía Negra y otras comunidades ribereñas, por ello, el mantenimiento lo realizan en temporada de sequía, cada dos años. Aprovechan que los caminos son seguros para poner a punto la embarcación y no dejar a la merced del clima a los lugareños.



Su aspecto vetusto ha sido criticado más de una vez y el hecho de que sea el único barco de esa naturaleza que surque las aguas del río Paraguay en ese exótico sector del Pantanal paraguayo. “Nosotros hacemos el servicio para la gente pobre. No podés poner precios de lujo. Tenemos la capacidad de hacer otro Aquidabán más lujoso, pero debemos mantener los precios para nuestro público. La mayoría de nuestros usuarios es gente de escasos recursos”, dice.

Las despensas y bodegas de Bahía ya están rebosantes de nuevas mercaderías. La ciudad vuelve a su ritmo, sin prisa. El Aquidabán da la vuelta y se deja llevar por el río.

viernes, 6 de julio de 2018

Alberto Chávez, el concepcionero que le puso alma a sus instrumentos lejos de su tierra

Hoy cumple 80 años, y sigue al frente de su taller como el primer día, allí junto a sus tres hijos, arregla y confecciona los mejores instrumentos de cuerdas.


Al ingresar al taller, de la calle Pedro Méndez del barrio Palomar, el aroma al barniz se amalgama con el trabajo preciso y paciente, deAlberto Chávez, un artesano de la madera de cuyas manos nacieron las mejores guitarras españolas y arpas que recorrieron el mundo gracias a músicos y concertistas internacionales como Luis Alberto del Paraná, Sila Godoy. También mediante su trabajo forjó una hermosa amistad con personalidades de la música como Lucas Braulio Areco y Jorge Cardoso.

Alberto Chávez nació en Concepción del Paraguay, el 2 de julio de 1938. Se casó con Elsa Antonia Giménez con quien vive hace 45 años y madre de sus tres hijos, Luis Alberto, Walter Omar y Julio César Chávez. Son la cuarta generación de luthier por lo que la tradición artesanal continúa más vigente que nunca, ya que con el paso del tiempo, estos también aprendieron los secretos de la luthería, tal como Alberto lo había hecho desde niño de su abuelo Sebastián Chávez, de su padre, Ambrosio Chávez y de su tío Cástulo.

La familia Chávez en aquel entonces en Luque (Paraguay) eran muy conocida, ya que se dedicaban a varios oficios: carpintería, herrería pero especialmente se destacaban en la luthería.

Confeccionaban todo tipo de instrumentos de cuerdas: violines, violas, violonchelos y guitarras de todo tipo, es así que se extendió por todo Luque y Asunción, Paraguay y desde ese entonces llaman a Luque “la ciudad de la música”.

En una charla con PRIMERA EDICIÓN Chávez recuerda su infancia en Paraguay, y dice: “Fue complicado, justo cuando todo iba bien, tanto en lo personal como en lo económico, nos tocó sufrir la consecuencia de la política que acechaba al Paraguay en el año 1947, en ese entonces, perdimos todo, el taller, nuestra casa y todas nuestras pertenencias. La familia quedó en la pobreza absoluta y a consecuencia de esa situación y sobre todo por el hambre, mi padre y todos los demás integrantes de la familia, se fueron al exterior”. Alberto, con apenas ocho años quedó al cuidado de sus abuelos.

Años más tarde, el abuelo de Alberto falleció, por lo que él sintió mucha tristeza y creía que no tenía nada que hacer en ese lugar. Por lo tanto, decidió ir a Asunción, donde trabajó un tiempo, pero no le alcanzaba para mantenerse, ganaba muy poco. Entonces, decidió con tan solo quince años ingresar al ejército, donde estuvo un año como voluntario y dos de servicio.

Al salir del ejército, decidió venir a Posadas, así lo hizo, cruzó en canoa, con intensiones de trabajar y tener un mejor pasar. Instalado en la capital realizó varias cosas, entre ellas trabajó en una mueblería donde cumplía más de 16 horas por día. Siempre con el sueño de que en algún momento podría montar su taller propio, aquel que en algún momento supo disfrutar junto a su abuelo y sus tíos de quienes aprendió el oficio.

Fue así que, después de varios años y a base de muchísimo trabajo y esfuerzo pudo cumplirlo. Según Alberto, todo lo consiguió de a poco, compró herramientas y fue levantando su local, él mismo que desde hace 60 años se encuentra en el barrio Palomar.

Para su hijo Luis Alberto “es un maestro, es una padre que nos trasmitió toda su experiencia y serenidad para trabajar, sobre todo el secreto para construir las mejores guitarras. Hace muchos años trabajo con él y formamos junto a mis hermanos un lindo equipo. Estoy muy conforme”.

Hoy el taller de los “Chávez” es un lugar de prestigio y calidad. Donde llegan músicos, no sólo de Misiones, sino de todo el país y del mundo para hacer sus pedidos.


Fuente: primeraedicion.com.ar

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