El viajero que pasa por el lugar no dejará de ver las velas constantemente encendidas y las mejores flores silvestres que siempre adornan la cruz.
Isabel había sido una mujer muy humilde y bondadosa. Había nacido en un lugar llamado "Takua Kora", cerca de Belén, a orillas del río Ypane.
Durante la guerra contra la Triple Alianza (1865-1870), el marido se alistó en el ejército nacional, dejando a su fiel esposa Isabel en compañía de Rosita, única hija del matrimonio.
Allá por 1866, cuando perdió contacto con su marido, Isabel tomó a la pequeña hija y fue también a la guerra. Con la intención de buscar y acompañar al padre de su pequeña, se hizo enfermera. Nunca pudo encontrarse con su marido y, ya en las postrimerías de la guerra, Isabel y Rosita se unieron al contingente de mujeres Residentas y empezaron una peregrinación, desde Pirivevui hasta Cerro Korá. Ya en Cerro Korá, López ordenó a las Residentas que marcharan hacia Concepción para evitar así caer en poder de los "Kamba". Empezaron así las penurias y sacrificios que tuvieron que soportar por acompañar a sus esposos, sus padres y a sus hermanos durante la Guerra Grande.Comentan que el grupo de Residentas salió de Cerro Korá como para llegar a Concepción. Caminaron día y noche; si paraban, lo hacían sólo un rato para dormir y luego continuaban. Muchas caían extenuadas por el cansancio, el hambre y la sed, para quedar definitivamente por esos desolados caminos a "fertilizar la tierra". Dicen que muchísimas de sus compañeras quedaron tendidas para siempre a lo largo del camino, en medio de la selva. Isabel y Rosita llegaron después de veinte días, soportando horrorosas caminatas, a la entrada de una picada, ya cerca de la ciudad de Concepción. Por allí encontraron a un anciano ya octogenario quien les infundió ánimo y coraje y quedaron los tres a dormir a orillas del camino.
Templete donde se venera a Isabel. |
Dicen que descansaron bien esa noche y a la mañana temprano, con la salida del sol, prosiguieron viaje. Pero el calor insoportable -ya hacía meses que no llovía- hizo que se sintieran abatidos por la sed. Cerca del mediodía, Isabel se sintió desfallecer y cayó en la vera del camino. El anciano que las acompañaba la arrastró hasta la sombra de un frondoso árbol, diciéndole a Rosita:
- Rápido, toma esa calabaza y ve a buscar agua por ahí que tu madre tiene mucha sed; se siente mal. Puede morir si no vuelves a tiempo.
Cuando Rosita regresó con la calabaza llena de agua la madre ya había muerto. Entregó su alma a Dios para empezar el descanso eterno de tantas penurias y sacrificios inenarrables, sin llegar a saber nunca más del marido, ignorando además la suerte que podría correr su pequeña hija, quien quedaba sola y desamparada en medio de la selva.
- Rápido, toma esa calabaza y ve a buscar agua por ahí que tu madre tiene mucha sed; se siente mal. Puede morir si no vuelves a tiempo.
Cuando Rosita regresó con la calabaza llena de agua la madre ya había muerto. Entregó su alma a Dios para empezar el descanso eterno de tantas penurias y sacrificios inenarrables, sin llegar a saber nunca más del marido, ignorando además la suerte que podría correr su pequeña hija, quien quedaba sola y desamparada en medio de la selva.
Cruces que se encuentran en el santuario |
Nunca más nadie supo de Rosita ni del viejecito que las acompañaba.
Exactamente donde falleció Isabel, manos piadosas pusieron una cruz, para que el viajero, al verla, supiera que allí descansa una mujer paraguaya, después de convivir con la miseria, el hambre, el cansancio, la sed y toda clase de penurias. "Kurusu Isavel" (La Cruz de Isabel) se la llama y cualquiera que acierte a pasar por allí, si necesita paz y tranquilidad, puede acercarse a ella y, penitente, decir una oración. Seguro que se cumplirá su deseo.
Fuente: portalguartani.com
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