miércoles, 22 de julio de 2009

Anécdota del ex presidente Manuel Franco en su infancia


Existen algunas anécdotas de la vida de Manuel Franco, concepcionero y que fuera presidente de la Republica.

Una de ellas siendo Manuel ya mocetón, con la canasta a cuesta cargada de comestibles para su venta en el mercado, algunos jovencitos se burlaban de el en la calle, incluso corrían para pegarle en su trayecto desde su casa a la Plaza Carreta como se le denominaba en ese entonces al mercado municipal actual. La madre una vez informada por el hecho por los vecinos, busco un dialogo cordial con los “intrusos” groseros, diciéndoles: “koa ko presidente de la republica-ra hina, anina pe puka che membyre” (es sera presidente por favor no se rian de el”.

Se cuenta también que Manuel visitaba el Cuartel de San Francisco que estaba ubicado frente a la Plaza de la Libertad, lugar cercano del domicilio de la madre, entonces el tenia 6 a 7 años. El cuartel ocupaba dos manzanas, que luego fue alquilado y vendido por el estado para hacer frente a las deudas.

miércoles, 8 de abril de 2009

Concepción 1947: Un concepto anacrónico de la historia


Dr. Pedro Gamarra Doldán -Investigador (ABC)
El autor de esta nota analiza el libro Concepción 1947, de Washington Ashwell, y concluye que la disciplina histórica no debe tener banderías políticas.

El 23 de octubre de 1931, un numeroso grupo de estudiantes (secundarios y universitarios), azuzados de antes por la prensa y los políticos de oposición, violentaron sitios públicos y privados, un ministerio, y luego fueron al Palacio Nacional (hoy de Gobierno o de López), de cuya consecuencia ocurrió una balacera. Razones habría por ambos lados. Años después, el gran internacionalista Juan Stefanich escribió un libro dando la versión de los febreristas. Al paso de los años, el Dr. Efraím Cardozo, el gran historiador y maestro, dio la versión liberal. Poco después el colorado fundamentalista Enrique Volta Gaona hizo lo propio, por su lado partidario. A ellos se sumaron otros de menor valía.

Creer que la historia fue hecha solo para retrotraerse a otros momentos, o que podría escribirse sólo con intenciones de defenderse, o para exponer simpatías por tal persona, o tal partido, constituyen un anacronismo de la historia, una vejación de ella.

El historiador al hacer historia, es decir, escribir y luego publicar una obra, debe ser cientista, profesional y despojado de fanatismo. Lo otro le haría una falsedad o una desvirtuación de la filosofía histórica.

Los hechos de 1947

Hace 62 años, en Concepción, un grupo de militares, institucionalistas, civilistas, que luego recibieron el apoyo de febreristas, liberales y comunistas, decidieron alzarse contra el grotesco Gobierno del Gral. Higinio Morínigo Martínez.

Toda la obra humana tiene su base, y ello arranca cuando el 7 de setiembre de 1940 falleció, en accidente de aviación, el aún entonces Gral. Estigarribia. Morínigo era ministro. Los que lo conocieron de cerca nunca lo vieron en el frente, en los combates en el Chaco, sino ganando galones con sus chistes en el Comando del Ejército.

Al morir Estigarribia, no fue el Consejo de Ministros el que nombró un Presidente provisorio, sino que los comandantes de las grandes unidades militares, citados por el ministro de Interior, Morínigo, al no haber consenso, resuelven por un medio burdo quién sería el Presidente provisorio. Ganó, en esa justa de bromas, Morínigo.

Se apoyó inicialmente en los tiempistas, un grupo muy bueno de intelectuales, como: Carlos Andrada, Carlos A. Pedretti, Carlos Quinto Balmelli, Carlos Mersán, Mario Luis Balmelli, Luis A. Argaña, etcétera. Morínigo apartó a militares simpatizantes del liberalismo o del febrerismo del Ejército. Y juega en política exterior a que la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) se defina. Rompe relaciones, en 1942, con Italia, Alemania y Japón, por consenso latinoamericano. Declaró la guerra a Alemania y Japón, en 1945, con la guerra ya decidida, para poder ingresar a las Naciones Unidas y hacer la confiscación de bienes de esos países, declarados patrimonio del enemigo.

Al interior del país, no admitió la actuación de los partidos políticos. Disolvió, en 1942, al Partido Liberal. Quiso crear un partido que lo sostuviera, hecho en el que no tuvo éxito.

En junio de 1946, terminada la guerra, la Caballería se sublevó contra su comandante, el Gral. Victoriano Benítez Vera. La caída del espadón del régimen provoca, pese a Morínigo, una forzada apertura democrática. Se conforma un trípode de ministros: militares, colorados y febreristas. Los liberales volvieron a ser legalizados. Regresaron al país los dirigentes comunistas.

Pero Morínigo, desde luego, no se hallaba conforme. En 1943, cuando se debió llamar a elecciones, él llamó a votación, y por supuesto era el único candidato. Su mandato se extendió hasta 1948, y ahora se quería convocar a una Constituyente para elaborar una Constitución, y luego elegir a un nuevo presidente.

A comienzos de enero de 1947, obrando con poca inteligencia, los febreristas renunciaron a sus carteras y solicitaron que solo la nueva camada de militares convoque a la Constituyente. Debían salir, por supuesto, los colorados. El 11 de enero de 1947, día de su cumpleaños, Morínigo cita a la residencia presidencial a los altos mandos militares, quienes estuvieron de acuerdo, salvo propiamente uno solo, el Gral. Rogelio Benítez, jefe de Policía. Al acordarse ello, todos retornaron aparentemente tranquilos a sus hogares; pero, al día siguiente, ese jefe militar Benítez, con el apoyo de los grupos pro fascistas, que existen siempre en el ejército, hizo lo contrario. No hay que olvidar que durante la Segunda Guerra Mundial los grupos pro aliados se reunían en la Société La France (Yegros y Pdte. Franco), y al salir, reunión tras reunión, todos eran llevados a la Policía. A pedido del Cnel. Benítez, Morínigo acepta que Asunción sea ocupada por la Policía y el Ejército de tendencia retrógrada. Son detenidos los generales Machuca y Pampliega, tenidos por enemigos de esa acción. Liberales, febreristas y comunistas apenas pudieron refugiarse en embajadas.

Por supuesto, no hubo amago ni promesa de convocar a una Constituyente. En marzo de 1947, un grupo de febreristas trató de apoderarse de la Policía, y fracasó. Al día siguiente, las unidades militares de Concepción y luego del Chaco, institucionalistas y civilistas, se sublevan, exigiendo la convocación de la Asamblea Constituyente, entre otros razonables pedimentos. La respuesta del Gobierno fue ganar tiempo, sin aceptar lo solicitado. A Concepción fueron llegando algunos febreristas, liberales y comunistas.

"La Voz de la Libertad", la emisión radial de estos militares en Concepción, en donde se oía la voz de muchos comunistas, provocó el alejamiento de Argentina, Brasil y EEUU (ya se estaba en la guerra fría).

La revolución, luego de 120 días, en medio de presiones indecibles en Asunción e interior contra simpatizantes o eventuales adherentes a la causa, llega hasta las puertas de la Capital.

La revolución fue derrotada a las puertas de Asunción. Con gallardía. No fue igual en Villeta, donde los civilistas, derrotados ya, al cruzar el río fueron ametrallados por las fuerzas retrógradas triunfantes. Entre ellos se fue el Cap. Juan Martincich, héroe de cien batallas, a quien a su muerte Hérib Campos Cervera le dedicó uno de sus mejores poemas.

Lo que vino después ya se sabe: primero militares y colorados, y poco después Stroessner, con todo el horror que en mayor dimensión de allí vino.

El libro de Washington Ashwell

El Dr. Washington Ashwell publicó hace pocos meses la reedición del libro Concepción 1947, donde repite errores de conceptos y falta de profesionalismo. Escribe una historia colorada, derechista de triunfos, y lo hace como si aún sintiera esa pólvora triste que rodeaba a civilistas e incivilistas. Llama "leales" a los que rodeaban a Morínigo y su entorno. Los otros, se lee bien entre líneas, eran los malos paraguayos. Claro que Ashwell tuvo su premio. Desde allí gozó de cargos públicos y de funciones en organismos internacionales, como fue el mismo caso de otros mencionados que él cita y delata en su volumen.

Este tipo de libros, como el citado, no deberían existir. A veces uno piensa que los años amansan las pasiones, que no es el caso. La vera historia no tiene banderías políticas; debe ser eso: verídica, científica. Lo que ocurrió en nuestro país, desde 1947, no motivó la expulsión de los malos colorados, como Stroessner y su grupo, aun caídos del Gobierno. Nunca hubo un mea culpa del Partido Colorado, ni de Ashwell, quien cubre con un manto de olvido ese episodio. Traerlo al tapete, y decir con orgullo que fuimos los vencedores (como él hace), es inmaduro y mendaz; y peor que ello: es ahistórico.

La historia del Paraguay está escrita a medias. Mientras los hacedores de la misma se afanen en escribir solo para sectores, o para justificar gruesos errores, no haremos otra cosa que escribir a medias, o para justificaciones personales. El historiador, al momento de escribir, debe pedir permiso a su partido y recurrir solo al análisis despojado de banderías; y tener aún la valentía final del intelectual, de no pretender que toda su vida o su obra transiten por el camino acertado. Desde el 13 de enero de 1947, y más aún desde Concepción --marzo de 1947--, el Paraguay camina hacia el Gólgota. El Dr. Ashwell, claramente, no es el Nazareno.

Libros de menor enjundia se han escrito sobre el tema, pero estas personas ignoraron LA HISTORIA y el compromiso con ella, para transmitir una historia desde sus personas o sus partidos.

Por suerte, hace pocos años, el Dr. Miguel Ángel Pangrazio, en el tomo II de su Historia Política del Paraguay, da una versión objetiva y casi inobjetable de lo que allí ocurrió antes, durante y después de esa Concepción de 1947. El Dr. Pangrazio, colorado, pero ético, encaró el tema profesionalmente, y nos enseñó que el escritor, el hombre de cultura, al momento de enseñar --por el mejor medio: el escrito--, debe despojarse de banderías o partidos políticos. Pero lastimosamente el ejemplo, como el dicho, es infrecuente.

jueves, 22 de enero de 2009

DON ZACARIAS NACIMENTO

Este señor, que era bien negro o “preto”, era de origen africano, proveniente de Cuiaba (Brasil), donde el decía haber nacido, nunca quiso contar del porque y como vino a parar a Concepción. Corría la versión de que allá habría matado a alguien y entonces fue que vino corriendo hacia estos lares.

El era asiduo del Café Europa, pero en la casa de dos pisos que fuera de don Blas Aquino, en Iturbe y Mcal. López y donde a fines del siglo XIX se tenia la primera escuela Normal, todas las noches estaba don Zacarías sentado en la esquina con los dueños del Café y otros clientes del aperitivo, pero el jamás tomo una sola bebida alcohólica, pero para contar sus anécdotas del Cuiaba siempre se paraba y se acercaba a quien se dirigía.

En una de esas, otro personaje conocido y asiduo del “Café Europa” era el tal “Leparó”, este señor en una ocasión, cuando Zacarías retrocedía para sentarse en su silla, la retiró bruscamente sin que se percatara y fue el piso. En medio de la risa y con una rabia sin nombre le corrió a lo largo de dos cuadras para pegarle, pero no pudo alcanzarlo. A principios del 41, Zacarías paso a vivir en el deposito del Café.

Tenia una cama tramado con cuerdas de vacapí que el mismo lo hizo; como así también construía unas silletas muy cómodas, en X, plegadizas, pero sin desprenderse la madera, o sea de una sola pieza maciza, era verdaderamente ingenioso, comía de la comida del Café, pero su delirio era el famoso “Kururu” que a diario lo hacia con el pan y el azúcar que le proveían y que dejaba desleír en agua hasta formar una pasta.

En la década del 50 le pidió don Jorge Sebastián Miranda para que fuera a vivir como cuidador en una dependencia de la antigua mansión de don José Canale y allá por el año 56 o 57 se enfermó drásticamente, no pudiendo realizar mas actividades físicas, pues estaba con problemas cardiacos y un buen día se desplomó muerto en la vereda, de un infarto probable.

El dueño del Café Europa el Sr. Ruso le pone un cajón y se le entierra en el cementerio local, y así se fue, sin que jamás haya pedido limosna, pero si trabajando honradamente, por lo que era muy apreciado por familias las que solicitaban su servicios responsables e ingeniosos.