Era un hombre muy acaudalado en su juventud, nacido en Concepción, hijo de don Francisco Otaño, hermano éste de don Juan Bernardo Otaño, ambos uruguayos que migraron hacía Concepción. Siendo adolescente, su padre lo envió a Londres para estudiar en un colegio Aristocrático, donde ingresaban solamente gentes de alta alcurnia.
Cuando él volvió de Europa se casó con Felicita Navarro con quién tuvo un solo hijo legítimo llamado Pastor Otaño Navarro, a quién lo conozco bastante, pues fue mi compañero en la Facultad De Medicina de Asunción y luego de recibirse fue a radicarse en el Brasil, donde hasta hoy vive en la ciudad de Campinas, gozando d mucho prestigio como médico. Rufino tuvo otro hijo varón y una hija mujer natural.
Este Sr. Rufino heredó una grandiosa estancia de su padre, que de a poco fue liquidando hasta quedar en total indigencia, sorprendiéndole la muerte en un asilo de la Capital. Era de personalidad muy rara y extravagante, contándose que cuando salía d rodeo le ataba y encerraba en una pieza a su señora esposa; no se podría decir que fuera por celo desmedido, sino más bien por su excentricidad demencial que caracterizó durante toda su vida.
En su juventud él y su hermana Rosenda Otaño, ofrecían en su mansión distinguidas tertulias a la alta sociedad concepcionera. Todas las mañanas y por las tardecitas asomaba a su balcón y era clásico que a sus viandantes les llamara entablando largas e interesantes conversaciones sobre todo cuando se trataba de estudiantes.
Una de su clásica expresión que quedo grabada en nuestra memoria era cuando en ocasión de una huelga desatada por estudiantes en el Colegio Nacional, con violentos encuentros con la policía, dijo a un grupo que pasaba por ahí: “díganme muchachos, vengan vamos a hablar y cuénteme ¿quién desató el desoche?
A veces amanecía de mal talante y desde su balcón lanzaba a gritos denuesto y ofensas a quienes pasaban y no eran de su simpatía y especialmente contra los Delegados de Gobierno y del Intendente Municipal don Guillermo Ruotti, saliendo a veces en la calle con un revólver, pro nunca hizo un disparo; pensamos que por el hecho de que no tendría proyectiles ni dinero para comprarlos.
En una ocasión en que tenía atada y llaveada a su señora, un fiel personal de la estancia, la liberó y ésta con su hijo en brazos emprendió la fuga hacia el Puerto, coincidiendo con una llegada oportuna de uno de los buques de la carrera y de esta forma llegó a Asunción, no volviendo más nunca. Su hijo, muy amigo en la facultad, me decía que para el su padre no existe, es como si estuviera muerto, que no lo conoce ni quiere conocerle por los maltratos que le dio a su madre cuando él era apenas un bebé.
Don Rufino había vendido su estancia y paso encerrado el resto de sus días en su mansión de la calle Mcal. Estigarribia y Montevideo (hoy Cerro Corá) comiendo de a poco su fortuna, hasta terminarse, llegando finalmente a comer de un plato que un vecino le pasaba diariamente, no aceptando con un orgullo increíble, ningún otro convite, sea de quién fuere.
Nunca pago impuestos ni alumbrado, por lo que muy pronto quedó sin energía eléctrica y al final por tantos impuestos encima, la mansión quedó en manos de Hernán Vargas Peña, que arreglando de alguna forma, quedó en manos de la Municipalidad, la que, tengo entendido, algo pagó a sus hijos y como ya era insoportable su comportamiento las autoridades lo enviaron compulsivamente a un Asilo de Ancianos de la Capital, donde falleció.
Otro aspecto es el hecho de que muchas personas venían a visitarle desde la Capital, pro todo era por interés de adquirir, tal como lo hiciera varios judíos, la obra de arte y muebles d estilo que poseía. Recuerdo del Gral. José Martínez Pérez, quién le compró un hermoso piano y bellos arabescos. Hasta yo le compré algunas estampillas antiguas que me interesaban para mi colección filatélica.

